Ampliación del campo de batalla


Michel Houllebecq
Fragmentos

Necesitamos la aventura y el erotismo, porque necesitamos oírnos y repetir que la vida es maravillosa y excitante; y esta claro que sobre este tenemos ciertas dudas.

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El interés que nuestra sociedad finge experimentar por el erotismo (a través de la publicidad, las revistas, los medios de comunicación en general) es totalmente ficticio. A la mayoría de la gente, en realidad, el aburre enseguida el tema; pero fingen lo contrario a causa de una estrafalaria hipocresía al revés.
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No pude contestarle, claro; pero volví al hotel bastante pensativo. Definitivamente, me decía, no hay duda de que en nuestra sociedad el sexo representa un segundo sistema de diferenciación, con completa independencia del dinero; y se comporta como un sistema de diferenciación tan implacable, al menos, como éste. Por otra parte, los efectos de ambos sistemas son estrictamente equivalentes. Igual que el liberalismo económico desenfrenado, y por motivos análogos, el liberalismo sexual produce fenómenos de empobrecimiento absoluto. Algunos hacen el amor todos los días, otros cinco o seis veces en su vida, o nunca. Algunos hacen el amor con docenas de mujeres; otros con ninguna. Es lo que se llama la “Ley del mercado”. En un sistema económico que prohibe el despido libre, cada cual consigue, más o menos, encontrar su hueco. En un sistema sexual que prohibe el adulterio, cada cual se las arregla, más o menos, para encontrar su compañero de cama. En un sistema económico perfectamente liberal, algunos acumulan considerables fortunas; otros se hunden en el paro y en la miseria. En un sistema sexual perfectamente liberal, algunos tienen una vida erótica variada y escitante; otros se ven reducidos a la masturbación y a la soledad. El liberalismo económico es la ampliación del campo de batalla, su extensión a todas las edades de la vida y a todas las clases de la sociedad. A nivel económico, Raphaël Tisserand está en el campo de los vencedores; a nivel sexual, en el de los vencidos. Algunos ganan en ambos tableros; otros pierden en los dos. Las empresas se pelean en por algunos jóvenes; los hombres se pelean por algunas jóvenes; hay mucha confusión, mucha agitación. 

It (Eso)


Stephen King
Fragmento

Uno ríe porque lo que da miedo, lo desconocido, es también lo que divierte.

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Lo miraban expectantes, con ojos afligidos y levemente esperanzados, pero Stan no pudo explicar lo que sentía. Se le habían acabado las palabras. Había un cumulo de sensaciones dentro de él y no encontraba las palabras adecuadas. Podía ser muy meticuloso, muy seguro de sí, pero tenía sólo once años y apenas había terminado el cuarto curso.

Quería decirles que había cosas peores que tener miedo. Podías tener miedo a los coches cuando vas en bicicleta. Podías tenerle miedo a la polio. Podías tenerle miedo a ese loco de Kruschev. Podías tener miedo de ahogarte si nadabas donde no tocabas fondo. Podías tener miedo de muchas cosas y seguir funcionando.

Pero lo de la Torre-depósito…

Quería decirles que esos niños muertos, los que habían bajado por la escalera de caracol en la oscuridad, habían hecho algo peor que asustarlo: lo habían ofendido.

Ofendido, si. Era la única palabra que se le ocurría, pero si la pronunciaba se reirían de él. Le tenían cariño, sin duda, y lo habían aceptado como a un igual. pero aún así, se reirían de él. Sin embargo, había cosas que ofendían el sentido del orden de cualquier persona cuerda, ofendían la idea esencial de que Dios había dado a la tierra una inclinación sobre el eje para que el crepúsculo durara sólo veinte minutos en el ecuador y más de una hora en lo polos; que, después de hacer eso, había dicho: “Bueno, si pueden calcular la inclinación, podrán calcular todo lo que quieran. porque hasta la luz tiene peso y cuando la nota de un silbato desciende bruscamente es por el efecto Dopler y cuando un avión rompe la barrera del sonido el estruendo no es el aplauso de los ángeles ni la flatulencia de los diablos, sino el aire que cae de nuevo en su lugar. Yo les di la inclinación y me senté en la platea para presenciar el espectáculo. No tengo otra cosa que decir salvo que dos más dos son cuatro, que las luces del cielo son estrellas, que si hay sangre los adultos la ven tanto como los niños, y que los niños muertos muertos están.”

Se puede vivir con el miedo, habría dicho Stan, si hubiera podido. Tal vez no eternamente, pero si mucho tiempo. En cambio, con la ofensa no se puede vivir, porque abre una grieta en tu pensamiento y si miras dentro de ella ves que allí hay cosas vivas, cosas con ojos amarillos que no parpadean y que huele muy mal en esa oscuridad. Y al cabo de un rato acabas por pensar que tal vez haya todo un universo distinto allá abajo, un universo donde hay una luna cuadrada en el cielo, donde las estrellas ríen con voces frías, un universo donde algunos triángulos tienen cuatro lados y otros cinco, y otros cinco a la quinta potencia. En ese universo puede haber rosas que canten.

Todo lleva al todo, les habría dicho, si hubiera podido. Ved a vuestra iglesia y escuchad esas historias de que Jesús caminó sobre las aguas, pero si yo viera a un tipo haciendo eso gritaría hasta quedarme ronco. Porque a mí no me parecía un milagro sino una ofensa.

Como no podía decir nada de eso, se limito a insistir:
– Asustarse no es problema. Pero no quiero meterme en algo que me haga terminar en el manicomnio.
– Pero ¿Nos acompañarás a hablar con él? – pregunto Bev –. ¿Escucharás lo que nos diga?
– Por supuesto –dijo Stan y se echó a reír –. Tal vez convenga llevar mi álbum de pájaros.
Todos rieron. Y de esa manera resulto más fácil. 
 

Patrañas. Nabo & Higo


Will Self
Fragmento

Cualquiera diría que es una historia de todos los días, ¿verdad? esta triste historia de Bull. Pobre, pobre Bull. Usado y abandonado bajo nuestro rojo sol emocional. Nos criamos a la expectativa del amor empalagoso , el amor romántico. Sentimos con arrogante goce que la nuestra sólo es una entre una infinidad de sensibilidades singulares. Qué cruel ironía que sea esta misma infinidad a la que más tarde percibimos como una tarea pesada y por añadidura aburrida. Vivimos nuestra vida con la aplicada y alienada amabilidad de los habitantes de las grandes ciudades: “Sé que eres interesante”, aparentamos transmitir telepáticamente a nuestros colegas de sufrimiento, “y que tienes esperanzas y temores de una calidad única, incluso ideas perspicaces. ¡Pero hoy no, por favor! ¡Adiós!”

Snuff


Chuck Palahniuk
Fragmento

Si quieres hablar de feminismo de tercera ola, puedes citar a Ariel Levy y su idea de que las mujeres han internalizado la opresión masculina. Ir a Fort Lauderdale por las vacaciones de Semana Santa, emborracharse y enseñar las tetas en público no es un acto que le dé poder personal a una. Eres tú, tan diseñada y programada por el constructo de la sociedad patriarcal que ya no sabes qué beneficia a tus intereses.

Una damisela tan mema que ni siquiera sabe que está en apuros.

Puedes citar a Anabel Chong –nombre verdadero: Grace Quek–, que estableció ese primer récord mundial de follarse a doscientos cincuenta y un pringados porque, por una sola vez, quería que una mujer fuera “el semental”. Porque le encantaba el sexo y estaba harta de teoria feminista que representaba a las actrices porno como idiotas o bien como víctimas. A principios de los años setenta, Linda Lovelaca estaba ofreciendo exactamente las mismas razones filosóficas para justificar su trabajo en Garganta Profunda.

El día de hoy no se reduce para nada a una cuestión de crecimiento personal.
¿Acaso respetas el derecho que tienen los demás a buscar desafíos y descubrir su potencial verdadero? ¿En que se diferencia un gang–bang de arriesgar tu vida para subir el Monte Everest? ¿Y acaso aceptas el sexo como forma de terapia emocional viable?

Sólo más tarde se supo que Linda Lovelace había sido secuestrada y maltratada. O que, antes de convertirse en estrella del porno, a Grace Quek la habían violado en Londres cuatro hombres y un niño de doce años.

A los lectores adelantados les encanta Annabel Chong. Las personas traumatizadas aman a otras personas traumatizadas.
Créetelo.
   

El hombre que se enamoró de la luna


Tom Spanbauer
Fragmentos

La trayectoria sexual es sólo una de las formas de contacto entre los seres humanos.

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Creía que estaba intentando buscar a mi madre, pero allí adonde se había ido no había lugar para mí en su interior, y había partido sola.
Creía que estaba enamorado. Y sin embargo sólo hacía lo mismo que cualquier otro pobre desgraciado que yo hubiera conocido. Correr de una madre a una esposa. Con la cabeza aún en el coño de una y la polla ansiosa por follar en el de la otra.
Junto al precipicio, en el punto más alejado del promontorio de roca, el viento se cernía sobre mí y removía la hierba alrededor, soplaba en mis orejas y en mis ojos. Podía oler el viento. Olía a mí. Cogí un trozo de granito acabado en punta. Con el granito marqué un círculo. Me quede en el centro del círculo y en voz alta y clara, le hice saber al espiritú de la montaña, Falsa-montaña, y a cualquier otro que quisiera oírlo, que desde ese mismo instante me había liberado del agujero de mujer. Que había conseguido asomar la cabeza. Que había asomado mi polla. Era libre no tenía cargas.
Y si, de hecho, un hombre necesita a una mujer, lo que haría sería convertir en mujer una parte de mí mismo.

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La mayoría de los hombres, la mayoría de los pobres hombres, cuentan siempre la misma historia de erecciones y eyaculaciones, y siempre son el que la mete a fondo. La mayoría de las mujeres, la mayoría de las pobres mujeres cuentan esta historia, que en realidad poco tiene de historia: tú habla que yo escucho, avísame cuando hayas terminado. Siempre acaban siendo ellas a quien se la meten a fondo. Pero cuando follas las cosas no son así. Follar bien, implica permutarse, luchar, intercambiar relatos y contar mentiras hasta acceder a la verdad.   

Mi idea de la diversión


Will Self 
Fragmentos

La Apuesta de Broadhurst es la manera correcta de ver las cosas al revés, una inversión apropiada de los sofismas de aquel apóstata anoréxico, garabateada en sus notitas adhesivas. La Apuesta de Broadhurst sostiene: Si adoras a la deidad eres un imbécil. Porque si realmente existe, seguro que te perdonará tu negligencia, ya que es todo bondad en estos asuntos, un sensiblero metomentodo. Y si no existe, ¡Bueno!, en el momento de expirar ya te sentirás como un soberano gilipollas, el idiota más grande del mundo. Todas esas horas desperdiciadas en aburridas tómbolas benéficas, todas esas mañanas arrodillado en la iglesia sobre cojines apelotonados, todas esas agonías patéticas: la pérdida temporal y después la breve recuperación del pequeño cambio de fe, de fe en la nada, en la nulidad, en el vacío. No, no, date cuenta de toda la fuerza de la Apuesta de Broadhurst y comprenderás que el padre ausente del Cristo humano se convierte en lo que todos sabíamos que era: un neurótico errante que no paga el mantenimiento de lo que él mismo ha creado. Probablemente se esté gastando sus recursos en algún análisis teleológico, tumbado en un sofá que surca el firmamento. <<¿Por qué?>>, se queja a su loquero <<¿por qué lo hice?>> Pero no puede admitir nada de ello, ¡ah, no!, porque sufre una negación crónica, una negación de la existencia del mundo mismo. Aunque, a pesar de lo dicho, durante algunos momentos particularmente lúcidos y equilibrados tal vez reconozca la realidad de una pequeña parte de ese mundo. Como Liechtenstein, por ejemplo.

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Somos como cocainómanos o masturbadores crónicos, ¿no?Intentamos arrancar la última pizca de desenfreno a una experiencia intrínsecamente mecánica y vacía. Metemos nuestro desatascador en su sitio, erosionamos la piel del clítoris, empujamos el pene y no sentimos nada. No es exactamente nada, es peor que nada, sentimos una chispa o un picor, el equivalente sensual de una imagen residual de la retina. En eso consiste nuestra diversión ahora, no en el pasarlo bien en sí mismo, sino sólo en una cansina referencia a ello. De todas formas, tenemos el convencimiento de que si podemos referirnos una vez más al hecho de pasarlo bien, hacer una declaración firme al respecto, la diversión retornará como los pájaros después del invierno.
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Cada vez que te entregas a un acto habitual te vinculas con los demás. Estos actos habituales son los ritos de la salud mental. Más aún, son la propia salud mental. ¿Entiendes? Y la salud mental no es otra cosa que una mutilación, un terror que te insensibiliza. Y, yo no quiero eso. No, no lo quiero.

Cabeza de turco


Günter Wallraff
Fragmentos


La escenificación de mi insensatez me volvió más avispado y me permitió obtener una visión de la estrechez y la gélida frialdad de una sociedad  que se considera a si misma tan sensata, tan superior, tan definitiva y tan justa. yo era el bufón al que todo el mundo dice la verdad sin tapujos.

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– ¿Lo apuntas todo?
– Por favor, no digas a nadie ni una palabra de esto –aprovecho la ocasión y añado –: en este momento no puedo hablar del asunto, pero más tarde te lo explicaré todo.
Se percata de lo asustado que estoy y de lo sería que es la cosa para mí, y no me hace más preguntas. Durante meses enteros guarda silencio “Tienes que tomar nota exacta de todo lo que esos cerdos hacen aquí con nosotros –me susurra al oído–. Tienes que fijarte bien en todo.” Parece adivinar mis propósitos y a menudo me apoya con atinadas informaciones, sin pretender saber de mi nada más concreto. Yüksel es más bien apolítico pero –no obstante ser casi un niño todavía–, como consecuencia de una profunda vulnerabilidad y desesperación y del sentimiento de solidaridad que de las mismas se desprende, mantiene lo que se sabe sobre sí sometido a la disciplina del silencio.

Yuksel Atasayar describe su situación:
“En una ocasión tuve la sensación de como si allí se hubiera producido una guerra atómica, por el aspecto del ambiente.  Todo aquel polvo y humo y todo aquello…, no sé, era algo absolutamente horrible. Era casi comparable a la guerra tal como la conocemos por las películas.

“En algunos sitios el trabajo es peligroso, en uno, por ejemplo, hay riesgo de emanaciones de gas. Puedes diñarla. Y tenemos que trabajar en semejantes cámaras, donde el peligro es total. Hay letreros que te dicen que puedes palmarla si las emanaciones son demasiado intensas. Y el gas casi no lo notas, no podías ni olerlo. Había un pequeño dispositivo verificador, del que se podía hacer una lectura. Yo muchas veces me mareaba y sentía también muchas nauseas. Vamos, que muchos días no se puede soportar. Muchos días tampoco tenía apetito ninguno, no podía tragar bocado, sólo comía polvo, y es que podía uno lo que se dice comérselo. Se lo tragaba uno de lo denso que era en el aire. Contiene plomo, cadmio y yo qué sé qué contendrá. Más de una vez me he ido a un rincón, he vomitado y me he sentado sólo para respirar.

“Hay que haberlo vivido: aun después de haberte duchado se concentra todo en los pulmones y ahí se queda. Por fuera estas limpio, sí, pero por dentro… todo está dentro. Estás prácticamente metido en la mierda, y, aunque te la quites, al día siguiente la mierda vuelve a estar allí, es siempre la misma.

“Lo que no entiendo es lo poco que te pagan. Quieren hacerse tan ricos como sea posible y no dar nada a cambio, con lo ricos que son ya.

“Para mí la vida no significa nada, de veras. Por lo general no tiene ningún sentido. Al principio cuando tienes catorce o quince años, es decir, cuando se va uno haciendo adulto lentamente y tiene uno una chica  y todo eso, y te gusta irte a la cama con ella…, bueno, y lo haces ¿y qué? No, eso no es lo más importante, vamos, que la vida sólo tiene un sentido cuando quieres alcanzar algo por ti mismo, algo que llevas en tu cabeza, entonces es cuando la vida tiene sentido, si no, no tiene ninguno. Además, entonces tiene uno ganas de hacer algo… pero, si no, en conjunto la vida no tiene ningún sentido. ¿Qué es eso, la vida?

“¿Cuándo he sido ya más feliz, así en general, en la vida? Pues fue cuando tenía doce años y me fui de vacaciones a Turquía con mis padres. Aquello si que fue estupendo. Sentía de modo completamente distinto ¿Y qué es lo peor? Pues estar ahora aquí trabajando en Thyssen para la empresa Adlerm esto es lo peor de lo peor mñas le valdría a uno morirse.